Meses o incluso años después de haberse recuperado del covid-19, muchas personas siguen sintiendo que “algo no funciona igual” en su cabeza: les cuesta concentrarse, recordar cosas o tomar decisiones.
Ahora, un estudio liderado por investigadores chilenos encontró una explicación biológica concreta para esta llamada “niebla cerebral”, y confirma que no es imaginación ni simple cansancio.
El trabajo fue liderado por el Laboratorio de Neurociencia Social y Neuromodulación de la Universidad del Desarrollo, y publicado en el 2026 en la revista científica Scientific Reports, del grupo Nature.
Este mismo equipo había publicado en 2024 una primera parte del estudio, centrada en la anosmia (pérdida del olfato), uno de los síntomas más típicos del covid-19. Curiosamente, esa pérdida de olfato —que también ocurre en enfermedades como el alzhéimer o el párkinson en sus etapas iniciales— resultó estar asociada a menor grosor en algunas zonas de la corteza cerebral, lo que motivó a los científicos a seguir investigando más a fondo.
¿Qué hicieron los investigadores?
El equipo comparó a 70 personas que se habían recuperado de covid-19 con otras 26 que habían tenido otras infecciones respiratorias, como influenza. Ninguna había estado grave: todos tuvieron síntomas leves o moderados, sin necesidad de ventilación mecánica.
A todos los participantes les hicieron tres pruebas para medir distintas funciones cognitivas: una que evalúa el autocontrol (frenar un impulso), otra de memoria de corto plazo, y una tercera de toma de decisiones bajo incertidumbre.
Mientras resolvían estas tareas, se les registró la actividad eléctrica del cerebro con electroencefalograma (un examen que mide ondas cerebrales a través de electrodos en el cuero cabelludo). Además, se les hicieron resonancias magnéticas para observar el estado de la sustancia blanca, que son como las “carreteras” de cables que conectan distintas zonas del cerebro entre sí.
Ondas cerebrales más lentas y menos “cables” en buen estado
Los resultados mostraron que quienes tuvieron covid-19 presentaron un desempeño más bajo en las tres pruebas cognitivas, en comparación con quienes tuvieron otra infección respiratoria.
Esto se relacionó con alteraciones en ondas cerebrales lentas (llamadas theta y delta), que normalmente ayudan a coordinar la comunicación entre zonas del cerebro encargadas de prestar atención, recordar y decidir.
Estas alteraciones eléctricas, a su vez, coincidían con un peor estado de tramos específicos de sustancia blanca, entre ellos el cíngulo (una zona ligada a la memoria de trabajo) y fibras que conectan el tálamo con la corteza occipital, relevantes para procesar decisiones bajo incertidumbre.
“Pudimos identificar que había una asociación entre la estructura cerebral y cómo esta genera la actividad eléctrica para poder resolver cada una de las tareas. Había pacientes que tenían un déficit en la parte más inhibitoria y otros más en la parte de la memoria y la impulsividad”, explicó Pablo Billeke, director del laboratorio, en un comunicado de prensa.
No todos los pacientes son iguales
Uno de los hallazgos más interesantes es que, al analizar los datos con un modelo estadístico, los pacientes post-covid se agruparon en dos perfiles distintos, y no en uno solo.
Un grupo mostró principalmente problemas de memoria y decisiones más impulsivas, mientras que el otro tuvo dificultades para anticipar y controlar situaciones de conflicto, pero conservó bien la memoria. Es decir, el “covid persistente” a nivel cognitivo no sería un único cuadro, sino que se manifiesta de maneras distintas según la persona.
Curiosamente, estas diferencias entre pacientes no se explicaban por la gravedad de la enfermedad ni por si habían estado hospitalizados, sino que parecían responder a un daño cerebral más específico y personal.
Por qué importa esto
Según Billeke, la relevancia de este hallazgo va más allá del covid-19. “Hoy en día hay fuertes evidencias que muestran que los virus se relacionan con el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas; entonces queremos que estas investigaciones tengan implicancias reales en cosas prácticas porque esto podría ayudar a identificar a personas con mayor riesgo de tener enfermedades neurodegenerativas, como demencia o esclerosis múltiple, y a generar intervenciones […] por ejemplo, para la memoria”, afirma.
Los autores plantean que, a futuro, técnicas de estimulación cerebral no invasiva podrían ayudar a mejorar estas funciones dañadas, aunque advierten que se necesitan más estudios a largo plazo para confirmar si estas alteraciones son permanentes o se pueden revertir con el tiempo.
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Fuente: BioBioChile
