La Copa de la Liga nació como una solución, pero terminó convirtiéndose en un problema que el fútbol chileno todavía debe resolver.
Lo que en un principio apareció como una alternativa para aumentar la actividad futbolística y responder a compromisos económicos de la ANFP con TNT Sports, hoy deja una serie de interrogantes sobre la planificación, el formato y la identidad de la competición.
A estas alturas, con la final entre Coquimbo Unido y O’Higgins todavía pendiente, el nuevo torneo ofrece más preguntas que certezas.
El origen económico no es un detalle menor. La creación del campeonato se enmarcó en el acuerdo para enfrentar la deuda de aproximadamente 37 millones de dólares que la ANFP mantenía con Warner, propietaria de TNT Sports, por el incumplimiento de compromisos relacionados con la cantidad de partidos disputados en 2019 y 2020, años marcados por el estallido social y la pandemia.
La nueva competición permitiría incrementar la cantidad de encuentros y contribuir a resolver esa obligación. El problema es que una cosa es encontrar una salida financiera y otra, muy distinta, construir un torneo con sentido deportivo propio.
El segundo cuestionamiento aparece en su formato. Los 16 equipos de Primera División fueron distribuidos en cuatro grupos de cuatro integrantes, con partidos de ida y vuelta y un único clasificado por zona. El sistema permite que los clubes acumulen minutos de competencia, pero también reduce considerablemente el margen de error.
Un tropiezo puede condicionar la campaña y dejar a un equipo sin opciones demasiado pronto. La temprana eliminación de los ‘grandes’ como Colo Colo, Universidad de Chile y Universidad Católica, terminó agregando otra dificultad al atractivo comercial de las fases decisivas.
La comparación con Inglaterra resulta inevitable. En la Copa de la Liga inglesa, la Carabao Cup, el camino se construye principalmente mediante eliminatorias directas, con excepciones reglamentarias según la ronda y el calendario. En Chile, en cambio, se optó por una fase grupal con encuentros de ida y vuelta antes de llegar a las semifinales, que también contemplaron dos partidos.
No existe una fórmula universalmente correcta, pero sí una discusión legítima sobre si era necesario un recorrido tan extenso para una competición nueva, cuyo principal argumento era aumentar la actividad sin desordenar todavía más la temporada.
Otro cuestionamiento está en el calendario general. La Copa de la Liga se incorporó a una temporada que ya contemplaba otras tres competiciones, en un contexto en que los clubes también deben administrar viajes, lesiones, descansos y compromisos internacionales.
Sumar partidos puede ayudar a mejorar el ritmo competitivo, pero también puede provocar desgaste y obligar a realizar rotaciones que afecten el nivel de algunos encuentros. El aplazamiento de la final desde julio hasta octubre terminó reflejando, además, la dificultad de encajar una competición adicional en una planificación que ya tiene numerosos condicionantes.
Otra de las falencias del formato de la Copa de la Liga quedó en evidencia en el duelo entre O’Higgins y Palestino (7 de junio), con el grupo definido y cero incentivos deportivos en juego.
El principal ‘atractivo’ terminó siendo el cumplimiento del minutaje de juveniles Sub 21 por parte de los rancagüinos, que necesitaban sumar para evitar una eventual eliminación por incumplimiento reglamentario.
Así, el foco se desplazó del espectáculo futbolístico al ‘morbo’ de comprobar si O’Higgins haría la tarea a tiempo, exponiendo una de las debilidades del torneo.
El último problema, y probablemente el más evidente, es la final entre Coquimbo Unido y O’Higgins. El encuentro estaba programado inicialmente para el 18 de julio en el estadio Elías Figueroa de Valparaíso, pero fue suspendido debido al pronóstico de fuertes precipitaciones y las alertas meteorológicas.
Fuente: BioBioChile
