Un reporte elaborado por Frutas de Chile junto al economista, Rodrigo Díaz, evidenció el impacto económico y laboral del sector, con 708.000 personas trabajando en la cadena frutícola.
Asimismo, reveló que el 75% de su impacto económico se queda en regiones, a diferencia de lo que ocurre en otros sectores productivos.
El gremio exportador Frutas de Chile lanzó recientemente el “Reporte de Impacto Económico de la Fruticultura Chilena 2018–2024”, elaborado con apoyo de la consultora IdN Inteligencia de Negocios y el economista, Rodrigo Díaz.
Se trata de la primera vez que se mide el impacto económico ampliado del sector frutícola e incluye lo que aporta al PIB y todo el valor que genera a lo largo de su cadena, desde los proveedores de insumos hasta los feriantes que venden fruta en ciudades y pueblos a lo largo de todo el país. Asimismo, el estudio incorpora por primera vez como parte integral del sector la actividad vinculada a la venta mayorista de fruta, dimensión que históricamente no había sido considerada en las mediciones económicas. Esto, además, permitió estimar con mayor precisión el consumo doméstico de fruta, concluyendo que entre alrededor del 40% de la producción nacional se destina al mercado local.
El principal hallazgo del estudio es contundente. Por cada peso que genera la fruticultura, la economía se mueve en casi cuatro. Su impacto económico total alcanza los US$ 24.812 millones, equivalente a 4,5 veces el PIB del sector, con una estimación preliminar de US$ 27.888 millones para 2024, cifra impulsada por un alza de 28,6% en exportaciones. De esta manera, se consolida como un motor económico de alta relevancia para el país, solo superado por el cobre.
“Durante años la fruticultura fue analizada, principalmente, desde el valor de sus exportaciones directas. Este estudio permite dimensionar, con una metodología ampliada, el impacto que genera toda su cadena productiva y comercial en Chile. Hoy vemos que la fruticultura aporta más de US$ 24 mil millones a la economía, moviliza empleo, servicios, logística, comercio y actividad regional en todo el país, consolidándose como uno de los sectores más relevantes para el desarrollo económico y la descentralización de Chile”, comentó el presidente de Frutas de Chile, Iván Marambio.
El estudio también revela el verdadero peso laboral del sector. Se estima que 708.000 personas trabajan en la cadena frutícola. Los trabajadores de campo ganan en promedio el doble del salario mínimo; y quienes trabajan en plantas de empaque o venta mayorista, más del triple.
Otro de los hallazgos más llamativos del análisis fue el efecto descentralizador del sector. El 75% de su impacto económico se queda en regiones, a diferencia de la economía chilena en general, donde Santiago concentra cerca del 43% de los indicadores. Maule, O’Higgins y la zona sur centralizan la producción, mientras que las ferias libres llevan ese valor a los sectores de menores ingresos: cerca de 191.000 personas están vinculadas a la venta de fruta, en más de 2.500 ferias en todo el país.
“A diferencia de lo que ocurre en otros sectores, la fruticultura descentraliza el valor, ya que genera riqueza en regiones, emplea a familias fuera de Santiago y sostiene cadenas comerciales que llegan hasta los sectores de menores ingresos a través de las ferias libres”, añadió Marambio.
El dinamismo del sector se refleja también en su expansión productiva. El estudio analiza la inversión en nuevas plantaciones frutales, estimando que la superficie plantada llegó a cerca de 360 mil hectáreas en 2024, con un crecimiento de 1,5% en las principales especies. Esto equivale a 4.305 nuevas hectáreas productivas y una inversión cercana a US$ 650 millones.
Además, el reporte muestra un importante recambio al interior de la industria. Mientras la superficie de uva de mesa disminuyó en 11.700 hectáreas, los cerezos crecieron en cerca de 13 mil, principalmente, en la Región de O’Higgins. También se registraron aumentos en kiwis, limones y avellanos.
Sobre el estudio
La investigación fue desarrollada con datos del período 2018 a 2024 y se basó íntegramente en fuentes públicas oficiales. Para ello, se utilizaron registros del Servicio de Impuestos Internos (SII), el Banco Central de Chile, la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (ODEPA), el Servicio Nacional de Aduanas, la Comisión para el Mercado Financiero (CMF) y el Instituto Nacional de Estadísticas (INE); además de la Matriz Insumo-Producto del Banco Central, que permite rastrear los encadenamientos productivos entre sectores de la economía. Es la primera vez que se cruzan todas estas fuentes para medir el impacto económico de la fruticultura chilena.
La metodología aplicada mide el impacto económico como la suma de dos componentes: el Valor Económico Generado (VEG), que corresponde al valor que el sector produce directamente, y el Valor Económico Irradiado (VEI), que captura el efecto que ese valor tiene en el resto de la economía a través del gasto de trabajadores, proveedores y comerciantes. Este enfoque, inspirado en la teoría del Flujo Circular de la Renta, es el mismo que aplicó anteriormente el economista Rodrigo Díaz Cordero en su estudio de impacto económico del cobre en Chile.
