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“La suerte me trajo a vivir una pandemia en uno de sus epicentros”

Mientras escribo, un periodista español informa en televisión que ya van más de 9.000 casos de contagio de coronavirus en España. Hay otros 342 muertos. Y añade un comentario que resulta un tanto devastador: debido a la demora de la confirmación de los exámenes, estas cifras de seguro aumentarán porque corresponden a los diagnósticos que ya están listos. Hay otros que aún están en proceso, que no sabemos qué concluirán.

Medité largamente si debía comenzar con esas cifras. “Sonará alarmista decir que hay miles de contagiados y otros cientos de muertos”, pensé. Pero luego caí en que no hay mejor ocasión para serlo.

Llegué a Madrid, desde Hualpén, en el Bío Bío, a mediados de enero por un intercambio académico en la Universidad CEU San Pablo… pero terminé encerrado en un departamento, en medio del epicentro de la pandemia.

Todos sabíamos que el virus existía y que se estaba expandiendo. El problema fue que, al menos aquí, las medidas drásticas se tomaron tarde. El virus llegó a España el 31 de enero pasado, con un alemán que vino a turistear a las Islas Canarias. Desde ese momento el crecimiento fue explosivo.

Un ejemplo: el 3 de marzo, mismo día que el coronavirus arribó a Chile, había 165 casos en todo el territorio español. Una semana después aumentó a 1.695. Y hasta ayer había 7.798 confirmados. Las cifras de hoy ya las conocemos.

¿Cómo se explica esto? Medidas tardías, principalmente. Presumo que hubo un exceso de confianza. Algo que, por favor, no debe ocurrir en Chile.

Fabián Barría
Fabián Barría

El panorama

El semestre comenzó la primera semana de febrero y ya para el miércoles 11 de marzo las clases presenciales fueron canceladas para evitar la propagación del virus. Días antes habían cerrado los centros de recreación de adultos mayores porque, sabemos, son quienes más resultan afectados ante el contagio.

Pero vamos, que los chilenos no somos tan distintos a los españoles. Tras la suspensión de clases adivinarán lo que pasó: las universidades estaban vacías pero los pubs (o terrazas, como les llaman acá) estaban llenos. Las discotecas, aprovechando que los jóvenes estaban libres, abrieron igual sus puertas. El 12 de marzo los casos confirmados sumaban 2.277.

Con ello llegó lo inevitable: el viernes pasado, en cadena nacional, el presidente Pedro Sánchez anunció que decretaría Estado de Alarma, algo similar a un Estado de Excepción Constitucional que, en general, permite restringir la movilidad de las personas, intervenir industrias y apropiarse de suministros con el fin de eliminar una amenaza. La legislación detalla que esta atribución puede ser utilizada en caso de “crisis sanitarias, tales como epidemias y situaciones de contaminación graves”. Calza perfecto con lo que está ocurriendo en estas latitudes.

Ya no se puede salir a la calle, a no ser que sea por algo que realmente necesitas: ir a trabajar (si es que la empresa no te permite hacerlo desde casa), a una farmacia, a un hospital, a un banco, o a un supermercado. No hay visitas a amigos, novios/as, nada. Y ojo, que medios advierten que las multas por incumplir el mandato van desde los 100 euros (unos $90 mil hasta los 30 mil euros (unos $27 millones), dependiendo de la gravedad de la infracción.

En relación con esto, los únicos locales autorizados para abrir sus puertas son los de primera necesidad: supermercados, farmacias, tabaquerías, bencineras y relacionadas a las telecomunicaciones, por ejemplo. Los museos, monumentos, restaurantes, cines, teatros, gimnasios, estadios, discotecas, casinos, zoológicos, bares… están cerrados. Incluso, fueron suspendidos todos los juegos de la Lotería y Apuestas del Estado.

El glamoroso Madrid, inesperadamente, se convirtió en una ciudad completamente distinta. La Gran Vía se ve casi desierta y la Plaza de Callao y Sol casi no reciben visitantes.

La policía y la milicia recorren las calles y se asegura de que el Estado de Alarma sea cumplido por los ciudadanos. Detienen vehículos y transeúntes asegurándose de que salieron de sus casas por un motivo justificado. El ejército también está presente en las estaciones del Metro, donde resguardan que los pasajeros cumplan con la distancia social de un metro y se eviten aglomeraciones.

No discrimina

Entre los contagiados hay políticos de izquierda y derecha. Ni ellos se salvan. Una de las afectadas es Irene Montero, ministra de Igualdad (similar al Ministerio de la Mujer y Equidad de Género en Chile). También dio positivo Javier Ortega Smith, secretario general del partido ultraderechista Vox.

La presidenta de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, es otra de las que se contagió; el resultado se confirmó luego que apareciera en una conferencia de prensa tosiendo. Por otro lado, Begoña Gómez, esposa del presidente de España Pedro Sánchez, también está dentro del listado. Por ahora, los exámenes dicen que el mandatario no está afectado.

Lo bueno

Por si importa, tengo que aclarar que no he sentido síntomas ni he conocido a personas que dieron positivo al examen. Eso es lo bueno, dentro de todo.

También es bueno ver cómo la población española se ha organizado para aplaudir, cada día a las 20:00 horas (las 16:00 horas en Chile) a los funcionarios y funcionarias que trabajan sin parar en los hospitales, en un intento ya desesperado por controlar el coronavirus.

Es emocionante leer carteles en los edificios o publicaciones en las redes sociales en los que los jóvenes se ofrecen, sin esperar nada a cambio, a realizar las compras de adultos mayores que viven solos y que, por razones obvias, no pueden salir de sus casas.

De eso se trata, ¿no? De ayudar, de seguir las instrucciones. Si nos piden evitar las concentraciones, evitémoslas. Ya habrá tiempo para seguir con ellas. Por ahora, esta es la prioridad.

Y esto también se trata, sobre todo, de aprender de las experiencias de otros. No soy experto. No soy médico ni epidemiólogo. Simplemente la suerte -buena o mala, ya veremos- me trajo a vivir una pandemia en uno de sus epicentros. Pero con eso, y con un poco de lógica, creo que se debe aprender de las experiencias de otros países. Por favor, no cometamos los mismos errores.

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Fabián Barría
Estudiante de periodismo en España

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